Los secretos mejor guardados de Juanpis González Pombo

Desde que creó su personaje de Juanpis González, en redes sociales, Alejandro Riaño ha tenido en su espectáculo de formato de entrevistas a invitados ilustres.Foto: Cortesía Alejandro Riaño

Alejandro Riaño no solo es el actor que creó e interpreta al petulante personaje de Juanpis González, sino su pleno reverso: casi su negación, su opuesto. Pese a que es un ‘chino’ de clase alta, como Juanpis; que ha conocido el éxito y la fama gracias a su destacado trabajo como humorista, Riaño tiene de Juanpis lo que Petro de sencillo; lo que Uribe de pacifista: nada. Absolutamente nada. Es un tipo tranquilo, felizmente casado, que no aguanta la tentación de unos ‘parpadelle’ al teléfono y que considera un placer casi orgásmico sobarse las orejas con un copo de algodón.

Un tipo que se sabe de memoria todos los diálogos de la primera parte de ‘Toy Story’; que tiene un tatuaje con el nombre de su hija, Matilde, en el brazo derecho, y que odia con sus fuerzas, como toda persona de bien, las recetas que mezclan la comida dulce con la salada: la piña caliente de los platos hawaianos, el pollo al durazno, entre otros atentados semejantes. Pero es sobre todo una paradoja: un niño de clase alta que se nutrió de su entorno para poderlo denunciar con una parodia afilada que ha sacudido a la sociedad. Un traidor de su clase, diría Santos. Un artista con conciencia social, diría Delacroix. Un verraco, digo yo.

Este mismo tipo que, disfrazado de Juanpis González, ha agotado más de cien funciones en línea en el teatro Fanny Mikey en apenas nueve meses, y ha salido de gira con llenos totales en 11 ciudades colombianas, y cinco gringas (agotó en Orlando, Tampa, Miami, Houston y Nueva York, como buen gomelo), tuvo dos momentos reveladores en su vida de treintañero: el primero a los 14 años, cuando observó una presentación de Antonio Sanint y Julián Arango en El Pórtico, el restaurante del que su familia materna es propietaria. Quedó embrujado. Entendió que ese era el norte que quería seguir: que no había adicción más rotunda a la cual entregarse que la de hacer reír a los demás. Porque hacer reír es adictivo y los humoristas entregan lo que sea, sea lo que sea, por lograrlo: desde armar monólogos inolvidables, como Antonio Sanint, hasta lanzarse al senado, como Paloma Valencia.

El otro momento cumbre de su vida sucedió a los 17 años, cuando estaba en la plaza de toros Santamaría y el tendido de sombra chifló a un torero que había fallado con el estoque. Se sumó a la rechifla, pero, en medio de esa marea, tuvo un relumbrón de conciencia, algo que le permitió verse desde fuera, con perspectiva: y desde entonces le repugnó ese mundo. Ese entorno. Ir a toros, ir al tendido de sombra y, por ahí derecho, y en términos generales, ser lo que era: un niño bogotano de clase alta que empina la bota en toros para emborracharse, y es inmune al dolor de su país.
Dejó crecer la rebeldía a la sombra. Siempre fue mal estudiante, pero nunca fue vago. Bregó en varios colegios. Terminó estudiando teatro. Y de manera increíble triunfó prematuramente como humorista, y terminó compartiendo tablas con comediantes que admiraba, como Sanint y Arango.

Sacó carácter gracias a su mamá y disciplina gracias a su hermana, su mánager o hermánager, como ella misma se llama: sin duda su bastón fundamental y la mujer brillante y divertida sin la cual jamás habría podido llevar su carrera donde está: porque su hermana es la receta secreta de su éxito. Se dejó guiar por su papá, el maravilloso artista y bohemio Alberto Riaño, a quien yo mismo tuve la fortuna de conocer: un artista a fondo, taciturno y divertido a la vez, que murió prematuramente por un absurdo accidente casero, cuando Alejandro tenía 20 años.

Sin saberlo, desde entonces (o quizás desde siempre: desde que ingresó al Gimnasio Campestre, cuando tenía cinco años) fue nutriendo al personaje de Juanpis González con su experiencia propia; porque Juanpis se cocinó en la burbuja de la clase alta bogotana a la que Riaño pertenece, y a la que convirtió, con grandeza, en su forma de hacer reportería.

Hace un año largo le dio por sacarse de la manga al insoportable, al clasista, al petardo personaje que reventó el mundo digital: lo sacó como quien saca una espada para combatir los males de la época, y los números están sobre la mesa para el que los quiera ver: más de tres millones y medio de seguidores en la sumatoria de sus redes; un canal de YouTube que en menos de año y medio superó el millón de suscriptores; 60.000 espectadores que han asistido a sus espectáculos; funciones agotadas en todas partes del mundo (150 en Bogotá, 12 en EE. UU., cuatro en Europa) y un sistema de innovación comercial gracias al cual ha desarrollado una línea de productos con su marca que la gente compra como a manos llenas: cerveza, café, ropa…

Aparte de ese rosario de grandilocuentes números que dan fe de su hazaña, la creación de Juanpis fue sobre todo la formidable reinvención de la carrera de Riaño, pero también fue la apuesta por hacer del humor un arma no solo de entretenimiento, sino de denuncia. Porque el humor, cuando es inteligente, es sobre todo un arma; una forma, no solo de aguantar la realidad, sino de confrontarla, de desnudarla: aun de denunciarla. Y eso es lo que ha conseguido Riaño, amparado en su histrionismo y alumbrado por su increíble chispa repentista: conseguir que su sentido del humor sea el espejo deformado que exagera, y por eso acusa, la realidad que refleja.

En este país de hijos de papi, en que el “usted no sabe quién soy yo” es un lema general; en este país en que a la cúspide social la aturden males históricos como el esnobismo, el clasismo, el culto a la apariencia y la absoluta incomunicación con el sangriento entorno social de lugar en que viven, el humor de Riaño a través de Juanpis es un latigazo. Su parodia quema: hace reír, pero a la vez duele, porque obliga a reflexionar.

Acá está su rebeldía, su grito de independencia frente a lo que habría podido ser: la manera de desmarcarse de un destino plácido y sin cuestionamientos para señalar el vacío mundo de todos los Juanpis González que nos habitan.

Acá está su rebeldía y el primer libro de este gomelo infame, a ratos humano y tierno, combinación aparentemente imposible como las cosas dulces y saladas, como un pollo al durazno. Esta vez lo tienen por escrito. Devoren cuanto antes las páginas de este gomelo que se convirtió en el arquetipo de todos los gomelos: el gomelo que vive para que todos los gomelos observen en él la idiotez que los abruma.

DANIEL SAMPER OSPINA
ESPECIAL PARA EL TIEMPO


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